Un preocupado lector de esta columna nos envía un recorte periodístico, ya un poco viejo, con una información de la Associated Press que a la letra dice: “Un grupo de científicos advirtió que el Caribe podría ser escenario de tsunamis mortíferos y enfatizó la necesidad de un sistema de aviso de maremotos en la región. El Caribe carece de un sistema de advertencias adecuado, a pesar de que tiene algunas de las zanjas marinas más profundas del mundo. En esas zanjas es donde se generan los maremotos y mientras más profundas son, más rápido se forman las olas mortíferas.”La inquietud de nuestro amigo deriva de que los tsunamis o maremotos —esas olas generadas por erupciones volcánicas, deslizamientos de tierra o terremotos submarinos— pueden causar una verdadera catástrofe en costas bajas, como las del Caribe mexicano, y está aún fresco el recuerdo del tsunami del 26 de diciembre de 2004, que arrasó ciudades y pueblos costeros de varios países en una vasta región del océano Índico y dejó un saldo de 175 mil muertos.
Ante ello, pregunta si en el Caribe ocurren tsunamis, si en verdad no existe un sistema de avisos de tales fenómenos, y si nuestras costas podrían ser afectadas por ellos. La respuesta es que en el Caribe ocurren maremotos y no hay un sistema de alerta como el que existe en el Pacífico. Pero nuestro amigo —y quienquiera que esto lea— puede dormir tranquilo. Si bien hay tsunamis en el Caribe, ocurren a dos mil kilómetros o más de Quintana Roo, son de moderada intensidad, se propagan a distancias muy cortas —no a miles de kilómetros como en el Pacífico o el Índico— y sólo se sabe de uno, en cinco siglos, que haya causado daños considerables y algunas víctimas humanas. Según los registros históricos, en más de 500 años, de 1500 a 2004, sólo ha habido 12 tsunamis en el Caribe. De ellos, cuatro pueden considerarse importantes, con olas de 45 centímetros en un caso, de tres metros en dos y de cinco en el más violento. Verdaderas miniaturas en comparación con las inmensas olas del tsunami de diciembre de 2004 en el Índico.
De esos cuatro, el único con saldo mortal fue el de 1882 en el archipiélago de San Blas, frente a las costas de Panamá. El hecho de que los tsunamis ocurran del otro lado del Caribe y no en las costas de la península de Yucatán, se debe al movimiento de las placas de la corteza terrestre. La placa de Norteamérica, sobre la cual está situada la península, se desliza a lo largo de la placa del Caribe. No hay una colisión que provoque terremotos y actividad volcánica. Por eso aquí no hay ni unos ni otra. En cambio, al otro lado del mar, en la zona de las Antillas Menores, la placa del Caribe choca frontalmente con la de Norteamérica. El resultado son terremotos y erupciones volcánicas. De hecho las islas de la cadena de las Antillas Menores son picos de volcanes que emergen sobre la superficie marina.
En esa zona, la actividad volcánica es frecuente. Un dramático episodio fue la erupción del Mont Pelée en la isla francesa de La Martinica en 1902, que destruyó totalmente la ciudad de aint Pierre y mató a todos sus 30 mil habitantes, excepto uno. Otro caso notable fue el del volcán de La Soufriere, en la isla de Montserrat, que entró en actividad el 18 de julio de 1995 y a lo largo de dos años tuvo una serie de erupciones que mataron a 19 personas y acabaron con la capital, Plymouth. Ambas erupciones provocaron tsunamis, pero muy leves, con olas de no más de tres metros que se propagaron sólo hasta unas decenas de kilómetros de distancia. Un volcán submarino al cual los científicos mantienen bajo constante vigilancia, ya que tiene frecuentes erupciones y podría detonar un tsunami, es el que se conoce como Kick’em Jenny (si alguien conoce el origen y significado de tan peculiar nombre, por favor que me lo diga). |
Es un volcán submarino y se encuentra ocho kilómetros al norte de la isla de Granada. Se levanta 1300 metros desde el lecho marino y ha estado aumentando de altura sin cesar, a un promedio de cuatro metros por año. Actualmente su pico está a sólo 160 metros bajo la superficie, por lo cual de mantener su ritmo de crecimiento dentro de 40 años comenzará a formar una nueva isla.
Lo que temen los geofísicos, es que el material expulsado durante las erupciones y acumulado en sus flancos, pueda hacerse inestable y deslizarse cuesta abajo, desatando un maremoto. Pero, a juzgar por los antecedentes de ese y otros volcanes de la región, no parece que vaya a ser de gran magnitud. No hay, pues, que preo-cuparse por la posibilidad de que un maremoto azote las costas de Quintana Roo. No hay registros de que eso hubiera sucedido alguna vez y las condiciones naturales no son propicias para ello.
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