Hace unas noches, para ser más exactos el pasado veintiuno del mes de julio, recibimos a Dolly, tormenta tropical que nos dejó inundaciones, trastornos viales y tiempo perdido para poder cumplir con los planes que teníamos fijados, así como al día siguiente la entrada al trabajo, los cursos de verano de nuestros hijos e hijas suspendidos y mucho, muchísimos etcéteras que trastornaron y afectaron nuestras vidas cotidianas.
Recuerdo cómo ese veintiuno platicaba con mi hijo e hija viendo el mar, los vientos, la lluvia que poco a poco nos insistía en que la dejáramos pasar a la casa estrellándose en los ventanales, y les hablaba de la majestuosidad de la naturaleza, de Dios, de cómo en esos momentos veíamos y sentíamos esa gran fuerza maravillosa que limpiaba mojando y sacudiendo con ráfagas potentes las hojas de las palmeras; las embarcaciones se mantenían sujetas en un vaivén dancístico y acompasado por el ritmo de las olas que incrementaban su poderío conforme pasaba el tiempo. Bello, realmente vimos un espectáculo bello, lleno de fuerza y poder. Era Dolly, sólo era una tormenta tropical.
Más noche, mientra él y ella dormían, me vino a la mente aquello que les decía, “la fuerza, la majestuosidad, el poder de Dios”, y recordé con esta frase otras pláticas en las que nos hemos enredado amigos y amigas acerca del poder del hombre, de que igualmente somos creadores y dioses. ¡Dios! Me dije, ¡vaya dioses en los que nos hemos convertido!
Así sin más, hemos levantado como falsos profetas a líderes de opinión que se sienten con el poder de demandar y amenazar a otros porque sus intereses se ven comprometidos, aduciendo, claro está, que esos intereses son comunitarios.
Hemos levantado y construido edificios habitacionales, restaurantes y centros comerciales donde antes había manglar, agua, selva.
Nos acomodamos las leyes de acuerdo a nuestros propios intereses y beneficios y aceptamos gobernantes que llegan a hacer y deshacer a su antojo, cuidando los negocios de quienes les han puesto ahí, olvidándose que fueron los ciudadanos con su voto -perdón pero esto no me la creo, me da risa-, quienes los hicieron llegar al puesto que ostentan, olvidándose ellos y nosotros y nosotras los ciudadanos que la función de los mandatarios es la de obedecer que no la de mandantes, que es ordenar. Necesario será recordarlo porque la aplicación de la amnesia colectiva ha sido siempre favorable para los manipuladores de todas las épocas. |